En el pueblo nadie desconocía el hecho que Doña Paula y su finado esposo don Celestino habían heredado y prosperado  una cuantiosa fortuna.  Dueños...

En el pueblo nadie desconocía el hecho que Doña Paula y su finado esposo don Celestino habían heredado y prosperado  una cuantiosa fortuna.  Dueños y administradores de una de las dos  únicas tiendas del pueblo,  vivían solos ya que nunca tuvieron hijos.  Sus escasos parientes  solo se acercaban para asegurar sus nombres en el testamento del acaudalado matrimonio. 

Güiso, un  muchacho humilde del pueblo,  ayudaba  al matrimonio en el manejo de la tienda. 

Limpiaba, mantenía  los alrededores,  hacia los mandados y cualquier otro menester que el matrimonio  se le antojase. No recibía pago por su trabajo. El matrimonio se encariñó tanto con él,  que le permitieron vivir en una casita  en el  patio de la casa grande.  Allí  vivía y compartía  como un miembro más de la familia.

A los cinco años  de  la muerte de su esposo,  a doña Paula  le sobrevino un derrame cerebral que la puso en condiciones  físicas muy difíciles. 

 

Güiso atendía a la enferma con la devoción  de un hijo. Los parientes de doña Paula nunca vieron con buenos ojos que una anciana sola, enferma y acaudalada estuviera al cuidado de un “oportunista que ni siquiera sabía leer ni escribir”  Hicieron lo imposible por contratar un ama de llaves que se ocupara de todo lo que tenía que ver con los cuidados de la anciana;  pero Doña Paula se opuso tan enérgicamente que no insistieron por miedo a perder su favor.

A la hora de la muerte de doña Paula,  los  parientes  invadieron   la casona de la esquina principal del pueblo.  Se  rumoraba  en el pueblo que esta había dejado su casa y fortuna a su cuidador. 

La parentela  derribó la casita de Güiso.   Lo pusieron de patitas en la calle y se propusieron disponer de los bienes de la anciana. 

Como no pudieron  acezar los bienes,  decidieron esperar por la lectura del testamento que se realizaría cinco días después del enterramiento según la última voluntad de la anciana.

Llegado el momento y después del cumplimiento de los requisitos legales el Testamento fue leído en  presencia del albacea,  el Lcdo.  y  las partes interesadas.  El acto, que dicho sea de paso duró cinco minutos culminó con  la lectura del refrán favorito de los finados: “en esta vida lo que tu siembras, eso mismo cosechas.” 

Así fue como   en el corazón de la gran casona de la esquina, se leyó y adjudicó la última voluntad de doña Paula López y don Ceferino González.  Las compungidas caras de la parentela,  ensombrecidas por el reflejo del sol  crepuscular, emergían escaleras abajo intentando disimular sus frustraciones. Atrás quedaba Güiso,  ajeno a los acontecimientos.  Con el rostro sereno y la mirada tranquila, 

intentaba sacarle lustre a la mampostería del comedor. 

La lucha sigue…

                              Lcdo. Marcos A. Rivera Ortiz

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